Crónica del atentado contra la ONU en Bagdad en 2003

El día 19 de agosto de 2003, se produjo en Bagdad (Irak)  uno de los más sangrientos atentados contra el personal de la ONU en el mundo. En esa oportunidad hubo al menos 17 muertos, entre ellos el  representante de Naciones Unidas, Sergio Vieira de Mello. Este experimentado diplomático brasileño de 55 años, era un veterano que había dirigido Misiones de la ONU en Bosnia-Herzegovina y en Timor Oriental. Amigo de los Cascos Azules argentinos, hoy lo recordamos a más de 15 años de su muerte, compartiendo esta crónica periodística publicada en el diario “El País” de España.

Previa a su designación en Irak, Sergio Vieira de Mello ocupaba el cargo más importante de la ONU en Derechos Humanos, una posición que mucha gente ha identificado como la “conciencia del mundo”. Había reemplazado a Mary Robinson, ex presidenta de Irlanda, quien durante su mandato subrayó el papel fundamental de la Organización.  El Jefe de la ONU,  Kofi Annan, le pidió que se convirtiera en el Representante Especial del Secretario General de la ONU para Irak, cargo al que accedió hasta el momento de su muerte.  Cabe señalar que muchos de los círculos diplomáticos internacionales consideraban a Sergio Vieira de Mello, como el probable y natural sucesor de Kofi Annan.

La crónica del hecho publicada el día despues

Un potente coche bomba, algunos testigos hablan de una hormigonera de color rojo cargada con explosivos, derrumbó ayer, a las 16.40 (las 14.40, hora peninsular española), las tres plantas de una de las esquinas del hotel Canal, utilizado por Naciones Unidas como sede en Bagdad. Al menos 17 personas resultaron muertas y 100 heridas, de ellas 20 de gravedad. El enviado especial de Naciones Unidas para Irak, el brasileño Sergio Vieira de Mello, de 55 años, un veterano diplomático que ha dirigido misiones de la ONU en Bosnia-Herzegovina y Timor Oriental, se encuentra entre los fallecidos entre los escombros. Su oficina estaba situada en la zona más dañada por la explosión del coche bomba. Es probable que fuera el objetivo principal del ataque, como sugirió el administrador civil de Irak, el estadounidense Paul Bremer.

“Se podían escuchar gritos de personas que pedían socorro y otras que lloraban”

El humo negro y denso de la sede de la ONU era visible desde varias partes de la capital. Siete helicópteros artillados estadounidenses volaban en círculos, a veces muy bajo, alrededor del hotel Canal, que ya fue la sede de los primeros inspectores de Naciones Unidas tras la primera guerra del Golfo. Decenas de blindados, carros de combate y vehículos todoterreno tomaron posiciones y bloquearon el tráfico en tres kilómetros a la redonda en plena hora punta.

Soldados estadounidenses con el arma cargada impedían el paso y apuntaban a los curiosos que se agolpaban en los puentes. Algunos patrullaban de un lado para otro con un hombre asomado en la torreta y pistola en mano. Dos carriles quedaron expeditos para la entrada y salida de decenas de ambulancias, que eran minuciosamente registradas por las tropas antes de permitirles el acceso. Los heridos más graves eran evacuados en camillas por militares hacia helicópteros de transporte. Los soldados temían la presencia de un segundo coche bomba en el área, que no se confirmó. Las viviendas situadas en dos kilómetros a la redonda sufrieron la rotura de cristales.

Mahmud Shaker tiene la camisa beis y los pantalones manchados de gotas de sangre. Su mirada era nerviosa y el habla entrecortada. Estaba en la sala de prensa del hotel Canal en el momento de la explosión cubriendo para un medio británico una rueda de prensa sobre la desactivación de las minas antipersona en Irak. “Eran más de las cuatro y media de la tarde. Me encontraba en ese local cuando se escuchó una gran explosión que sacudió las paredes y las mesas. Todo quedó en la oscuridad. El techo parecía derrumbarse sobre nosotros. Se podían escuchar gritos de personas que pedían socorro y otras que lloraban. Gracias a los camarógrafos que iluminaron el lugar pudimos encontrar una salida por las puertas y ventanas arrancadas. Esto ha salvado muchas vidas. He visto a más de sesenta personas heridas, 20 de ellas muy graves. Por lo menos había 16 muertos tirados en el suelo. Escuché los gemidos de dos personas mayores que tenían sangre en la cara y no podían ver nada. Les cogí por los brazos hasta sacarles fuera. Por eso tengo manchas de sangre en la camisa”.

Muchos de los heridos eran leves, tenían cortes en el cuero cabelludo, en el cuello, en las manos y en las piernas. Era el efecto de la onda expansiva y de los vidrios rotos. Algunos emergían de entre los cascotes con el rostro blanco, recubierto por un polvillo uniforme que sólo dejaba círculos en torno a los párpados y los labios. Una mujer dijo haber visto restos humanos entre las ruinas. La fuerza de despliegue rápido fue la primera en llegar. Colocaron sábanas blancas sobre los cadáveres. El Ejército norteamericano envió unidades médicas al hotel Canal.

Las escenas de pánico se sucedían en los primeros minutos tras la explosión, cuando muchos de los 300 empleados que trabajan habitualmente en ese edificio emergían a pie en busca de ayuda. Fuera, las ambulancias civiles y de la Media Luna Roja guardaban su turno con las luces de emergencia encendidas. Era constante el ulular de las sirenas mezcladas con los rotores de los helicópteros. Los bomberos lograron apagar el incendio horas después de la explosión, permitiendo el inicio del desescombro. Los equipos de rescate temen que haya personas atrapadas bajo los tres pisos que se han venido abajo en una de sus esquinas. Las labores proseguirán toda la noche.

Como sucediera hace 12 días en el atentado contra la Embajada jordana en Bagdad, en el que murieron 14 personas, ningún grupo ha reclamado la autoría del mismo. Algunos testigos afirman que el explosivo estaba escondido en una hormigonera que entró por una calle angosta entre el hotel Canal y el hospital vecino, donde la seguridad era escasa. Otros mencionan un coche. Nadie vio al conductor bajarse del vehículo. Parece que se trata de un atentado suicida, aunque no hay confirmación oficial. W. G., un experto en seguridad, que da protección a algunos de los embajadores que se acercaron al lugar, dijo: “No entiendo cómo no estaba protegido todo el perímetro de la sede de la ONU en Bagdad después de lo ocurrido en la Embajada jordana”.

Tanto Naciones Unidas como varias legaciones diplomáticas extranjeras (entre ellas la española, que cuenta con cuatro GEOS) han solicitado una protección específica adicional. El general jefe de las tropas estadounidenses en Irak, Ricardo Sánchez, dijo que lo estaban “evaluando”, sin ofrecer detalles, pero las convenciones internacionales obligan a las autoridades del país de acogida, en este caso EE UU ante la ausencia de Gobierno local.

El portavoz de Naciones Unidas en Bagdad, Salim Lone, explicó que la explosión se produjo debajo de la estancia donde trabajaba Sergio Vieira de Mello. “Su despacho y los que se encontraban alrededor ya no existen”. La ONU ha activado sus planes para evacuar al personal no imprescindible y ha convocado una reunión de seguridad, a la que invitó a las ONG que trabajan en el país, para ver cuáles son los pasos a dar, informa EFE.

Dos españoles tenían oficina en la primera planta del hotel Canal, el embajador Miguel Benzo y el capitán de navío Manuel Martín Oar, que resultó herido en los brazos. Desde el ataque a la Embajada jordana existía una psicosis generalizada a un nuevo atentado terrorista. El propio Benzo comentó a EL PAÍS hace 12 días que se habían reforzado las medidas de seguridad en el hotel Canal, pues se temía que la ONU pudiera ser objetivo terrorista. De Mello, en su intervención en julio ante el Consejo de Seguridad en Nueva York, dijo: “La presencia de la ONU en Irak se mantiene vulnerable; cualquiera podría atacar a nuestra organización”.

 

Una fuente del Ejército estadounidense reconoció que carecían de información sobre los responsables de los atentados, aunque públicamente los portavoces vuelven a señalar al grupo Ansar al Islam, al que ya se le vinculó en la acción contra la Embajada de Jordania. Pero ese grupúsculo de unos trescientos militantes, de religión suní e influencia wahabita (versión estricta del islam que se difunde desde Arabia Saudí) y al que se suponía desarticulado durante la guerra, jamás actuó en Bagdad.

Parece más bien obra de algún grupo de la resistencia, bien expertos en explosivos del Mujabarat (policía secreta de Sadam Husein) o de militantes fundamentalistas. Un experto en el mundo islámico asegura que para colocar un coche o un camión bomba en Bagdad es necesaria una gran infraestructura o la ayuda de grupos extranjeros.

 

* Artículo publicado en “El País” el día miércoles 20 de agosto de 2003

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