El Padre Juan Corti, el Cura Gaucho que capacitó a muchas generaciones

El 28 de noviembre del 2013 falleció en Comodoro Rivadavia (Chubut),  el Padre Juan Corti. Tenía 88 años y tras su muerte dejó dejó una obra educativa y religiosa de gran magnitud.  Los chicos más humildes fueron su razón de ser. El sacerdote salesiano fue una figura emblemática en la historia de la ciudad y varias generaciones fueron capacitadas, en forma directa o indirecta, por él a través de sus obras. 

Una vida dedicada al trabajo y a la capacitación

Llevó una vida plena, entre ladrillos. Don Bosco y los más humildes barrios fueron los lugares que él mismo eligió. Giovanni Corti nació en Galbiati (Italia) el 9 de octubre de 1925 en un hogar pobre en lo material pero rico en valores. Al día siguiente a su nacimiento fue consagrado a la Virgen María, un premonición casi de su destino religioso. A los 7 años comenzó a trabajar y ya a los 14 llamado por la fe ingresó al Seminario para realizar sus estudios filosóficos. En el medio sufrió en carne propia el dolor de una guerra; una detención a manos de los soldados alemanes y un campo de concentración del que escapó caminando más de 700 kilómetros hasta regresar a su casa.

La vocación siempre pudo más. Entre 1945 a 1948 trabajó en colegios de Artes y Oficios en Bolonia al que asistían huérfanos víctimas de la Segunda Guerra Mundial, un hito que marcó su vida pero jamás –como la adversidad- pudo quebrarlo. Los efectos de las bombas, las muertes, las casas devastadas y la crueldad de las armas como mensaje lo motivaron a doblar esfuerzos para ayudar.  Siendo un seminarista salesiano trabajó como albañil para reconstruir una escuela en Milán y hasta fue bombero en horario nocturno para “ayudar” desde el rol que se lo requiriera.

Atendiendo a los “hijos de la guerra” encontró el estímulo y las paredes que ladrillo sobre ladrillo, supo forjar terminaron siendo una escuela profesional para tipógrafos, electricistas y soldadores. Estaba la intención pero escaseaba la comida aunque la inquietud de Corti fue ir más allá, mostrarle a los jóvenes “otro” camino y armó improvisadas canchas de fútbol en donde impartió las enseñanzas de Don Bosco.

“El maestro de mi escuela de Galbiate nos llevó a la iglesia, nos formó en fila y cada uno debía darle un beso a la estatua de Don Bosco que había sido proclamado Santo. Yo me quedé último y cuando me tocó a mí, le pregunté a San Juan Bosco: “Qué querés que haga, señor, y esa “contestación” la recibí en agosto de 1947 cuando me llegó la orden de los superiores salesianos de viajar a la Patagonia”, explicó alguna vez Corti sobre su elección de vida.

Aquel inquieto sacerdote que había pedido por escrito misionar en cualquier parte del mundo, llegó en barco a la Argentina en octubre de 1948 dejando su Italia natal y aún recordando el mensaje maternal que lo obligaba casi a dejar su huella. “Si vas a trabajar, prometo no llorar y dejarte ir. Pero si vas para no hacer nada, mejor no vayas…”.

Corti honró con creces aquel mandato: fundó escuelas de oficio, guarderías y escuelas de todos los niveles; educó a varias generaciones de profesionales siempre pensando en el bien común, pero sobre todo en los barrios más postergados que él mismo definió como “Aguantadero de Dios”.   El 3 de octubre de 1948 partió en barco rumbo a la Argentina. Luego llegó a Buenos Aires para seguir sus estudios teológicos en la ciudad de Córdoba.

Su vida en Comodoro Rivadavia

En sus vacaciones pidió que lo envíen a una ciudad de la Patagonia para seguir trabajando, pisando por primera vez Comodoro Rivadavia en 1949, predestinado por Dios y con el “permiso” de su madre.  Con el ímpetu y la fortaleza de sus 28 años, el joven sacerdote generó un vínculo con la gente y en especial, con quienes vivían en medio de carencias y fueron encontrando en los denominados “Domingos de Oratorio”, un espacio que los contenga y los iguale. Desde los faldeos de los cerros supo convocar a “los hijos de los chilotes” como despectivamente se denominaba a quienes se habían establecido en la ciudad, forjando su futuro del otro lado de la Cordillera. Gente de trabajo, sacrificada y sumisa que tenía dificultades para integrarse inclusive en la vida escolar por una absurda estigmatización. Corti comenzó allí a idear su primera escuela, un lugar para dar el siguiente paso y demostrar que otro modo de vida era posible.

Luego de su ordenación sacerdotal, es enviado en forma definitiva a Comodoro Rivadavia el 9 de diciembre de 1952. Vino a quedarse, a hacer y a domar al viento y las desigualdades sociales que se remontaban ya a éstos tiempos. Creó el oratorio “La Loma” (luego denominado Domingo Savio) y caminó los barrios de la ciudad como siempre enfundado en su atuendo particular. Dictó clases de matemática y física en el Colegio Deán Funes y también de Deontología en un incipiente curso de Enfermería que se dictaba el Perito Moreno. Solía levantarse a las 4,30 y rara vez, se acostaba antes de la medianoche.

Sus obras y la inclusión de presos en los trabajos

Su primer proyecto escolar se instaló en el Tiro Federal, un salón de baile instalado en la parte alta en 1957. El mobiliario eran las mesas y las sillas de la confitería y los actos se montaban en el mismo escenario en el que actuaban las orquestas en vivo. Los chicos sin banco en otras escuelas fueron los primeros alumnos a partir de una personalidad sin límites de quien luego recibiría entre otros apelativos, el de “Cura Gaucho”. Por su intermedio, la orden salesiana se extendió hasta el Comodoro más pobre, donde lo necesario solía ser también lo urgente.

En un terreno que solía utilizar para organizar partidos de fútbol con los “oratorianos” prometió construir una escuela. Y efectivamente lo hizo a partir de un crédito otorgado por el Banco de la Provincia y por el aporte de la sociedad petrolífera italiana SAIPEM, recién llegada a la Patagonia. En 1962 inauguró el Colegio Domingo Savio, primer colegio salesiano mixto que costó en la época un total de seis millones de pesos. Igualmente pese a que las condiciones no eran las mejores (las aulas se dividían con sábanas) el Ministerio de Educación la validó inclusive con la posibilidad de una ampliación. Para la mano de obra, Corti apeló a un pedido al juez para convocar a presos que voluntariamente accedieran a esta experiencia y trabajaran en la construcción: el sueldo se le pagaba a sus respectivas familias y al término de cuatro años, los presos recobraron su libertad por buena conducta inclusive con un pequeño capital ahorrado que les permitió iniciar diversos emprendimientos.  Fueron 32 en total.

Una luchador incansable

Podrán escribirse miles de biografías y se podrán narrar igual número de anécdotas. Corti está en la memoria colectiva de varias generaciones de comodorenses a las que ayudó y formó. A veces plantándose con autoridad, con un “cachetazo pedagógico” oportuno y casi siempre, aferrado a la picardía que le dio la misma calle. No solía bajarse de ninguna discusión y era directo y claro en sus mensajes. Jugaba al fútbol con la sotana arremangada, veinte contra veinte, fue clarinetista y hasta director de coro. Un polifácetico que no solía hacer nada para sí mismo sino para los demás.

Todo cabía en sus bolsillos gigantes en los que a través de la televisión en blanco y negro, solía llevar pequeños ejemplos a los más chicos. Y puso en jaque a todos los políticos y empresarios para que aportaran siempre lo que hacía falta. El hombre-sacerdote terminó dándole paso a la leyenda, al mito. Quien desparramó obras como “cuentas de un rosario” llegó a ser condecorado en su país con la orden “Caballero del trabajo”, un título que Corti prefería cambiar por el de “Cura manguero” capaz de sacarle agua a las piedras. Nunca dejó de hacer y fue sobre todo un hombre, duro e incansable por dentro pero que interiormente mostraba una gran sensibilidad, una autoexigencia que pagó con su propia salud.

 

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