EXPERIENCIAS DE GENDARMES EN ÁFRICA

Amat victoria curam

Quizás, y como para equilibrar, le pusieron un nombre que contenía la vocal con la que comienzan los diminutivos, la «i». No hubo necesidad de esfuerzo imaginativo para ponerle un alias, para nosotros, sus amigos y camaradas, era Luisito, lo llamábamos así porque era chiquito, digamos que tirando a petisón. A su nombre se agregó un diminutivo para que cuerpo e identidad estuvieran equilibrados, era de los que formaban en las dos últimas filas de la última sección de desfile, donde estaban los bajitos, los que siempre andaban de joda, ocultándose, más bien aprovechándose de que los Oficiales Instructores casi ni los miraban, toda la atención se centraba en la cabeza de las secciones, así que los petisitos desfilaban porque tenían que hacerlo, por la idea de regla pareja para todos. A menudo, durante las prácticas de desfile, la causa del “carrera mar, cuerpo a tierra” era porque los de las últimas filas perdían el paso. Perder el paso era una falta inadmisible, y cuando eso ocurría la corrección comenzaba con los saltos ranas. Lo comprensible, pero no admisible, era que cada paso de los bajitos era la mitad de los que encabezaban la sección. Para poder seguir a los más altos, los bajitos tenían que estirar sus pasos, para no perder la coordinación con la sección ni la distancia entre filas. No podían alargar los pasos, porque ahí se perdía la cadencia. Si marcaba bien el “punta y taco” se iban quedando atrás, si apuraban no marcaban “punta y taco”, todo era más difícil para los bajitos. El FAL les quedaba enorme, desproporcionado respecto a la estatura.

Decirle solo Luis a Luisito, era como dotarlo de una contextura corporal que no tenía. Sobresalía más por el faltante, y estatura le faltaba bastante, pero esa falta no se notaba cuando de capacidades personales se trataba, en eso, en sus cualidades profesionales se distinguía, ahí era Luis, por lo grande que se lo veía. Bueno, y como para ir terminando con la introducción, ese Luisito me llamó por teléfono, para charlar y de paso me contó una historia que recordaba, de veinte años atrás, de su época como oficial subalterno.

Luisito se había tomado un descanso en su actual ocupación, me llamaba desde Ecuador, estaba ahí como Jefe de Seguridad de los Observadores Internacionales en materia electoral, en apoyo de la Organización de Estados Americanos. Yo dejé en pausa una película que estaba mirando por segunda o tercera vez, era una de acción, con un protagonista principal que se distinguía por la preparación que tenía para resolver las distintas situaciones peligrosas que le exigía la trama del film. Conocía bien esa película, y lo que me atraía ese día tuvo extraña conexión, muy coincidente, con la anécdota que Luisito me contó.

Cuando Luisito era Primer Alférez, casi estrenando jerarquía, en el año 2002, ya hablaba bien el idioma francés, y por esa cualidad que lo distinguía fue enviado por la Gendarmería a la República Democrática del Congo.

En el aeropuerto de Kinshasa lo recibió un Comandante General de Gendarmería, éste se desempeñaba como Jefe de las Fuerzas Policiales (Police Commissioner) que las Naciones Unidas había enviado al Congo, como parte del programa de pacificación y formación de la policía congolesa.

La República Democrática del Congo, antigua Zaire, fue una colonia belga, de ahí que el francés sea uno de sus idiomas.

En aquel entonces el país estaba saliendo de la Segunda Guerra del Congo, o también llamada Gran guerra de África, un conflicto que duró casi cinco años, y en el que murió alrededor de cuatro millones de personas, la mayoría por el incomprensible eufemismo con que se denomina a los muertos inocentes, lo llaman efectos colaterales de la guerra, como si con eso se justificaran las causas de las muertes absurdas, irracionales, ilógicas. La mayoría de esas muertes fueron por hambre o enfermedades que se podían prevenir y curar. Cuando Luisito estuvo en esa zona, todavía había enfrentamientos armados entre las diferentes facciones que había en el país, eran más de veinte, según cuenta la historia que aún es contemporánea. En la complejidad de ese escenario estaba actuando el gendarme argentino, y en el nivel de máxima conducción estratégica.

Luisito de inmediato recibió su puesto de trabajo y sus consignas particulares, sería el Ayudante del Jefe de las Fuerzas Policiales ONU, del Comandante General Cristian Gerardo Chaumont, y además debía conducir, brindar seguridad, producir informes, comunicaciones y preparar mate, era el más moderno oficial de esa misión. Nunca en gendarmería una función es única, viene cargada de una serie de actividades que ni siquiera tienen que ser ordenadas, se hacen y punto, ese es el ser distinto que identifica a los gendarmes.

Luisito, por insistencia suya y a pesar de que Chaumont no quería conceder su solicitud, talvez por protegerlo de los peligros que implicaban su deseo, quería ser instructor e ir a las zonas donde sentía que podía aportar sus conocimientos. Chaumont le negaba esa iniciativa, pero, y como sucede con los hijos, no podía contener mucho tiempo el ímpetu y las ganas de un joven oficial cargado de compromiso por dar lo mejor de sí, tendría que dejarlo a qué él mismo administre su potencial, y también sus riesgos, tendría que dejarlo ir, para que crezca en experiencias. Entonces Luisito fue instructor en la formación de la policía congolesa, llegando hasta las zonas conflictivas, para impartir los conocimientos propios del gendarme, adaptado a las leyes y costumbres locales, pero lo que enseñaba no era distinto a lo aprendido en la Güemes o en los escuadrones de frontera donde trabajó antes de ir a la misión de paz. De alguna manera esos congoleses estaban recibiendo parte del legado de la gendarmería argentina, legado trazado por subordinación y valor, por disciplina, ley y orden, con la única diferencia que este Oficial Instructor gendarme estaba en el Congo.

Las zonas donde estaba desplegada las fuerzas de la misión de paz de la ONU era todo el territorio del Congo, con una superficie similar a la de Argentina, pero con una población cercana al doble de la nuestra.

Dejaré el diminutivo de afecto, porque la enorme tarea que el gendarme realizaba allí excede cualquier comparación con su estatura, aquello fue, con todo respeto, asombroso. Luis, acompañaba al Comandante General a todas partes, a veces en vehículos, otras en helicópteros o aviones, para llegar a donde estaban los problemas y gestionar las soluciones. Antes, Luis ya me había contado esta anécdota, pero en su momento no las dimensioné, ahora, quizás por la extraña conexión con la película que estaba mirando, tenía otro sentido, con más carga hacia la admiración.

Me cuenta Luis que el Jefe de las Fuerzas Policiales internacionales, integradas por diecinueve países, el Comandante General, quien hablaba perfecto francés, llegaba hasta donde estaba la tropa y primero se interiorizaba sobre el bienestar del personal y lego centraba su comando en el cumplimiento de la misión. Esa distinción, priorizando el bienestar integral del individuo por sobre el otro principio de la conducción, era lo que le permitía extraer el mejor compromiso de cada miembro de policía, para luego sí alcanzar con éxito el cumplimiento de la misión asignada.

Los policías eran de diferentes nacionalidades, todos integraban el cuerpo de policías internacionales destinados a la zona de restauración democrática.

El contingente argentino estaba compuesto por seis oficiales de gendarmería, incluido el Comandante General Chaumont y Luis. Todos vivían en una misma casa. Allí compartían sus vidas, sus quehaceres, sus fortunas y sus privaciones, y de éstas últimas había mucha, sobre todo de las carencias que solo la familia puede contener. Quizás en esas situaciones es cuando más se potencia la camaradería, dejando de lado las propias penurias para contener al camarada. Todos hacían lo mismo, y con ello se alcanzaba un equilibrio lo suficientemente digno como para afrontar las continuas exigencias que demandaba la misión, la difícil misión que tenían en una zona aún cargada de dolor por la muerte reflejada en la cara de la gente, todavía no se habían extinguido los enfrentamientos, y el hambre y las enfermedades seguía matando en gran cantidad.

Una noche, luego de una jornada larga e intensa de trabajo, cerca de la una de la mañana, Luis se levanta a tomar un poco de agua y ve que en el comedor el General escribía algo en un cuaderno, era su anotador, donde guardaba sus ideas y programaba sus acciones, planificaba. Luis le pregunta si necesitaba algo. El jefe respondió “no, Don Espinoza”. Muy breve respuesta, pero contenía amabilidad. Con el “Don Espinoza» transformaba en cordial el siempre disciplinado trato militar. El General estaba muy concentrado. Una taza de café, a la izquierda del cuaderno, extendía hilos de vapor, humeaba, y estaba llena, era de reciente preparación. Ese dato le confirmó a Luis que la cosa venía para larga. Con la confianza que tenía, Luis insiste y le recuerda que, al otro día, muy temprano, debían ir hasta la provincia de Kisangani, donde estaba la Academia de Policía congolesa, para asistir al acto del primer egreso de policías de la República Democrática del Congo, que por eso era necesario que descanse un poco, ya que el día había sido agotador y lo que vendría sería más todavía. El General agradeció y siguió escribiendo sus palabras para ese evento, en eso estaba concentrado, se estaba preparando, pues como Jefe de las Policías Internacionales le correspondía el discurso central.

Cualquiera que ha llegado a otro país habrá sentido la diferencia, hasta cuando se visita un país limítrofe, la nacionalidad distingue, pero también separa. Pero cuando a eso le agregamos la diferencia de idioma, entonces uno se aleja más todavía. El idioma conecta a las personas, pero si el lenguaje usado no es el propio se nota, y es una barrera si lo que se busca es la cercanía. El Congo tiene al francés como idioma oficial, y al mismo tiempo también tiene otras lenguas que se hablan entre las diferentes regiones, incluso hay palabras que se van intercambiando de uno a otro idioma, eso los hace únicos y enaltece su identidad nacional, identidad como proyecto sugestivo en común, que nuclea a la diversidad no solo por la nacionalidad, sino también por el sentimiento apegado las costumbres, a los credos, a los lazos sanguíneos, a la tierra y a los antepasados; sentimientos del que todo extranjero carece, por más que hable el idioma local, el francés que les quedó, encima, como herencia de una ocupación extranjera. Chaumont con seguridad que sabía de estos condicionantes del idioma, también sabría reconocerse como extranjero con un objetivo de bien común que es difícil de hacer comprender, la seguridad. El servicio de policía siempre es resistido, y si ese servicio es encabezado, comandado, por un extraño, pues la tarea se hace muy escabrosa; empero, el General tenía una misión que cumplir, y dejaría lo mejor de sí para lograrlo, talvez esto es una distinción acuñada en el ser gendarme, hay muchos ejemplos así.

Luis se fue a dormir y dejó al General concentrado en su discurso. Cuando se levantó, muy temprano, el Comandante General ya estaba desayunando, repasando sus escritos, y con café caliente en su taza. En menos de una hora ya estaban en el aeropuerto. Tomaron un avión y los llevó hasta la Escuela de Policía, en Kisangani, a más de dos mil kilómetros de Kinshasa. Cuando llegaron el acto estaba pronto a comenzar.

Durante el acto de egreso de la primera promoción de los flamantes Policías del Congo hablaron diferentes autoridades. Cuando al Comandante General Chaumont lo anuncian para dirigir la palabra, Luis se adelanta y coloca el discurso impreso en el atril. El General hizo los saludos protocolares, inició su discurso y continuó por unos cinco minutos más, todo en francés y sin siquiera ojear sus apuntes, y luego sin anticipar, para sorpresa de los policías, familiares y público congolés allí reunido, en un momento cambió su alocución, haciendo una pausa alargada, lo suficiente como para captar la atención, y entonces continuó diciendo “wuanawake an wanaume” (damas y caballeros), empezó a discursar en el idioma local. Sí, no exagero en la cita, de ahí en más dio todo su discurso, por más de veinte minutos, hablando en suajili, en el idioma del auditorio local, el de sus ancestros, el que conecta al congolés con su tierra, con sus costumbres, con sus ideas, sus valores, sus fortunas y también sus carencias. Luis me contaba que la cara del auditorio era de sorprendido, pero con emoción, con orgullo, porque se les estaba hablando en su lengua, se los estaba reconociendo desde su identidad nacional, la que ellos mismos, con sus virtudes y defectos, estaban forjando, y este Comandante General argentino, gendarme, priorizaba ese reconocimiento por lo autóctono más que por los efectos de la larga colonización a la que habían sido sometidos. El auditorio se paró y lo aplaudió como a ninguno de sus antecesores discursantes. Cuando terminó su discurso, la gente lo rodeó, se amontonaron para saludar a Chaumont. El Comandante General argentino había logrado el acercamiento que necesitaba, había acortado la brecha incómoda entre el extranjero y el local. Puede parecer solo una estrategia, pero es digna la estrategia cuando uno trata de ponerse en la piel del otro, para comprender al otro, para entenderlo, y eso sería un paso inicial, como motivación para cumplir con la misión asignada. Cuando un Comandante recibe su misión, el cómo la cumple es arte, deviene de su capacidad de crear, de alinear las complejas variables que tiene que valorizar, para que la situación, para que el resultado sea una de las posibilidades diagramadas en la planificación, para eso hay que estar continuamente preparados, exigiéndose esfuerzos a pesar del cansancio, ideando el escenario y diseñando la mejor estrategia para controlarlo, y talvez dominarlo. Un gendarme era el Jefe de las Policías ONU, y hablaba con los locales en su idioma natal, en suajili.

Entonces le conté a Luisito, mi amigo, ya retirado como Comandante de Gendarmería, que cuando él me llamó yo había pausado una película que, aunque era de acción, El Mecánico, con puras escenas de acrobacias y tiros, tenía increíble conexión con su anécdota. “La victoria favorece a los que se preparan” decía una frase en latín, grabada en la corredera de una pistola .45 cromada, que el actor principal muestra en un par de escenas. Sin lugar a dudas que la mejor preparación favorece el éxito de la misión, y eso estaba haciendo aquella noche el Comandante General Cristian Gerardo Chaumont, cansado, luego de un día muy agitado, pero aún le quedaba energía como para encarar el compromiso del día siguiente, de eso habrá aprendido Luisito, porque hoy es Jefe de Seguridad de los observadores internacionales enviados por la Organización de Estados Americanos (OEA) y por la Unión Europea (UE), son civiles que van a cumplir misiones como observadores de elecciones en países donde su seguridad siempre está en riesgo, y de eso se encarga Luis, de conocer y dominar las múltiples situaciones que podrían afectar a la integridad física de los observadores y a la misión asignada, se prepara para salir victorioso de cada misión encarada.

Amat victoria curam, Luisito, le dije, y me devolvió, así es mi amigo, la victoria favorece a los que se preparan, con ejemplo me la mostró un gendarme, vale para cualquier desafío que uno se imponga.

Y Luisito me enseñó a mí. Seguí mirando la película, pero pensando en todos los gendarmes que a diario se preparan, se adaptan continuamente a las diferentes exigencias, buscando ser favorecidos con la victoria, solo para cumplir con la misión asignada.

Nelson Vallejos

Con respeto y admiración, dedicado a un amigo y camarada, Comandante (R) Luis Alejandro Espinoza y al Comandante General (R) Cristian Gerardo Daniel Chaumont, a quien conocí solo en pasillos.

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