El Fútbol argentino, Policía Comunitaria y el respeto por la cultura local

Experiencias de un Casco Azul en Timor Oriental

La gran afinidad y simpatía de los timoreses hacia los argentinos, estaba basada en el fútbol y nuestra forma de actuar y relacionarnos con ellos. Era muy común que al ver la bandera argentina en nuestros uniformes, comenzaran a realizar preguntas acerca de nuestros ídolos populares de ese deporte, como Maradona, Batistuta, Saviola, Crespo y otros.

Amplios conocedores de sus trayectorias deportivas a pesar de la distancia y los pocos medios de comunicación que existían en la zona, expresaban permanentemente su simpatía y realizaban pedidos permanentes de camisetas y fotografías. Entre las cosas que yo había llevado desde la Argentina, tenía varias revistas deportivas. Ante estos requerimientos, realicé en Australia varias copias en color de fotos de esos ídolos que sin saberlo facilitaban nuestro trabajo.

Dentro del auto que me movilizaba por los distintos lugares de Baucau y hacia Dili, tenía varias copias de esas fotos. En algunos casos y en situaciones difíciles, solucionaba el conflicto con el simple obsequio de una de esas copias, que para ellos era un preciado tesoro. Por otra parte,  debía tener mucho cuidado cuando las obsequiaba, porque venían en grupos a pedirlos y al no disponer de ellas, podría significar un riesgo innecesario.

Esa permanente posibilidad de relacionarnos con los jóvenes y habitantes en general a través del deporte, hizo que yo diseñara un sencillo Programa de Policía Comunitaria, que serviría para facilitar el trabajo de la Policía Internacional,  fortaleciendo su relación y confianza con la población local y realizar eficientemente el trabajo policial sin inconvenientes.

Es importante agregar que la tendencia actual de las policías modernas es la de adoptar una combinación de estrategias que fomenten la integración, la prevención y la cooperación con diferentes sectores de la sociedad. Gracias a esta combinación, han surgido en diferentes países similares modalidades de Policías Comunitarias, que buscan a través del acercamiento con la ciudadanía un mejoramiento del modelo de seguridad ciudadana.

Para la gran cantidad de funcionarios argentinos que seguramente leerán estas líneas, agrego que este sistema de trabajo se atribuye a estudiosos norteamericanos quienes en la década de los años 80 del pasado siglo, coincidieron en afirmar que era necesaria la adopción de este nuevo modelo integral, por medio del cual sociedad y policía adecuadamente articulados identifiquen y busquen soluciones a los problemas que afectan la Seguridad Ciudadana.

Este modelo se denominó Policía Comunitaria y se sigue denominando de ese modo en todo el mundo. Hoy en día el modelo de Policía Comunitaria ha alcanzado prestigio mundial y no se limita solamente a los Estados Unidos sino que ha traspasado las fronteras y culturas policiales trascendiendo realidades urbanas y rurales en los cinco continentes.

Actualmente, es posible encontrar programas de Policía Comunitaria en países de Europa como Inglaterra, Bélgica, Noruega, Francia y España; en Asia, tanto en Tokio como en Kuala Lumpur y Japón; en Norteamérica, en Nueva York como en San Diego, Orlando, New Jersey y Los Angeles. En Latinoamérica, los pioneros fueron El Salvador, San José de Costa Rica, Brasil, Colombia, Chile, Ecuador y obviamente, la República Argentina.

El desarrollo de la misión y la formación de la Policía Nacional de Timor Leste (PNTL), no podría estar ausente en este sistema de trabajo. En este marco, se desarrolló un Plan Nacional que tenía varias etapas y en las cuales tuve oportunidad de trabajar junto a especialistas de Estados Unidos, China, Japón, Singapur, Canadá y Australia, entre otros. Este plan de trabajo estaba compuesto por tres etapas fundamentales, que en forma sintética tenían los siguientes objetivos:

  • Desarrollar acciones de control inmediatas, tendientes a lograr un mayor acercamiento y confianza en la comunidad local, disminuir la delincuencia, identificar los lugares críticos y garantizar la seguridad pública.
  • Fortalecer la educación y actividades de recreación para eliminar el ocio descontrolado, creando las fuentes de trabajo necesarias para eliminar progresivamente las causas delincuenciales.
  • Planificar medidas estratégicas, relacionadas a la educación y creación de fuentes de trabajo sustentables y permanentes, junto a la proposición de medidas legales que sancionaran hechos y acciones que se consideran “disparadores” para la agresión ó la actividad delictiva.

Por mi interés especial en el tema, esta experiencia representó una gigantesca oportunidad de aprendizaje diario, cursado durante meses con especialistas de todo el mundo. Esta metodología de trabajo es digna de aplicar en todos los escenarios  y niveles de gobierno nacional, provincial ó municipal.

Dentro de la primera etapa y con el fin de facilitar la comunicación y fortalecer la relación con la población local, propuse la formación de un equipo de fútbol integrado por los miembros de las Naciones Unidas, civiles, policiales y militares. El sencillo programa consistía en visitar cada día domingo, una aldea, barrio, subdistrito ó villa, dentro de nuestro distrito. De esa visita participaban todos los componentes de la Misión en su conjunto y desarrollábamos tareas comunitarias que abarcaban distintos aspectos de acuerdo a la especialidad.

Los militares, por ejemplo,  concurrían con la mayor cantidad posible de equipos y hombres. Arreglaban calles y escuelas, pintaban paredes y resolvían temas generales relacionados a infraestructura de los edificios públicos. Los médicos y odontólogos atendían y vacunaban a hombres, mujeres y niños y los miembros civiles y policiales colaborábamos con las distintas actividades.

Finalmente, se realizaba un partido de fútbol entre los locales y los internacionales y para finalizar el evento, se realizaba una comida comunitaria. En esa comida cada uno de los internacionales llevaba algo similar a la comida de su país y los pobladores locales aportaban sus platos típicos, aunque el plato fuerte era preparado por las cocinas de campaña de los militares tailandeses.

Ese programa se aplicó por mucho tiempo y en distintos lugares.  Una noche fui convocado a la casa del Comandante tailandés,  quien ese día había regresado de su país luego de una corta licencia. Con una gran alegría y acompañado de varios hombres de esa nacionalidad, el oficial me entregó una caja para que la abriera: grande fue mi sorpresa al comprobar que la misma contenía quince camisetas de la Selección Argentina de Fútbol.

A partir de ese día, la camiseta de la Selección Nacional de Fútbol de la Argentina, fue la camiseta oficial del equipo internacional. Este programa representó una gran satisfacción para mí, como argentino. Asimismo, tenía sus lados divertidos como por ejemplo, lograr que los brasileros vistieran nuestra camiseta de la Selección Nacional. Cada uno de los partidos era permanentemente fotografiado por los latinos y aquellos policías y funcionarios internacionales,  que conocían la tradicional rivalidad deportiva que existe entre ambas selecciones de futbol.

Otra de las anécdotas relacionadas al deporte fue más emocionante y fuerte ocurrió cuando regresaba de la ciudad de Dili,  luego de una reunión relacionada a la formación de la policía local. A pocos kilómetros de Baucau, fui detenido por una patrulla de la Unidad de Despliegue Rápido de Jordania que estaban realizando actividades de rutina en los poblados de la zona.

El oficial al mando era un capitán que hablaba portugués. Había aprendido este idioma en Angola,  donde había trabajado como Casco Azul. Cuando descendí del auto, me dijo que un grupo de personas parecían estar discutiendo en forma violenta en una villa distante a unos 200 metros de la ruta.  Ambos no teníamos intérpretes con nosotros y para determinar el motivo de la reunión, lo acompañé hasta el lugar. Al acercarnos y escuchar a las personas reunidas, pude comprender que estaban rezando el Rosario, ceremonia propia de la religión católica. El idioma usado era el “Tetum” y llamaba la atención por sus enfáticos gestos y cantos. Permanecimos cerca de ellos sin interrumpirlos y cuando finalizaron, nos acercamos respetuosamente a saludarlos. La ceremonia que estaban celebrando es conocida como “Velorio de la Cruz” y suele practicarse también en el interior de nuestro país.

Consiste básicamente en la celebración del Rosario en memoria de un muerto reciente. Allí habían muerto seis jóvenes, en combate entre las tropas indonesias y la resistencia timorés. Cada una de las cruces tenía una prenda de su dueño muerto y grande fue mi sorpresa al ver  apenas iluminada por las velas encendidas, que una de ellas tenía la camiseta de la Selección Argentina, con el número 9 y el nombre de Batistuta bordado en la espalda.

Los familiares del joven muerto me dijeron que era un admirador del fútbol argentino y especialmente del “Bati”. Tenía el sueño de visitar la Argentina,  pero la guerra de la independencia de Timor Oriental le quitó esa oportunidad a los dieciocho años. No pude documentar esa situación con una foto, pero el hecho permanecerá en mi mente, formando parte de una galería de imágenes inolvidables.

Otra anécdota que rescato,  está relacionada a una celebración nocturna anual que realizan los timoreses en homenaje a los Muertos de su Independencia. Cabe destacar que  en la isla existieron miles de matanzas indiscriminadas, como por ejemplo la ocurrida en abril de 1999 cuando sesenta y dos personas fueran asesinadas dentro de una iglesia católica en Liquiça.

Junto con un americano, fuimos invitados a cenar en el cuartel de la la ONU en el subdistrito de Laga,  donde estaba trabajando mi compañero argentino y habían organizado el cumpleaños de uno de sus integrantes. Luego de disfrutar la comida y la camaradería característica que impera en la Policía Internacional de la ONU, iniciamos el regreso hacia Baucau, en cuyo trayecto había varias aldeas al borde del camino.

Desconocíamos que ese día se celebraba este evento nacional de los timoreses y cuando llegamos al primer poblado, nos encontramos con la ceremonia en plena calle. Detuve el auto y bajé a hablar con algunos de los participantes,  quienes me explicaron su significado y duración. La ceremonia religiosa de homenaje a los muertos, consistía en prender velas en las calles y permanecer en vigilia cerca de ellas toda la noche,  cerrando completamente el tránsito.

Resignado a esperar, regresé al auto y le comuniqué al americano lo que ocurría preparándonos para dormir en el vehículo, de a uno por vez. Al cabo de aproximadamente treinta minutos de espera, se acercó el Jefe de la Villa y agradeciéndonos el respeto por su celebración, organizó el paso  de nuestro vehículo a paso de hombre. Nos acompañó parado en el estribo de nuestro vehículo hasta cruzar los otros poblados cercanos y finalmente, llegamos a destino sin inconvenientes.

Otros hechos que implicaban riesgos,  era la posibilidad de matar accidentalmente algún animal doméstico de los habitantes locales  con los vehículos de Naciones Unidas. Esa situación implicaba la exigencia de pagar importantes sumas en dólares, que eran reclamadas por sus propietarios en forma amenazante y en grupos.

Para graficar esta experiencia casi cómica, cito el caso de un grupo de policías de Bangladesh, quienes accidentalmente pisaron a un perro en la zona céntrica de la ciudad. Ante la amenaza de la gente, optaron por ir con el auto al Cuartel de ONU, perseguidos por varios vehículos y motos que llevaban con ellos el perro muerto. El Comandante a cargo, un australiano que había estado en Timor Oriental desde el inicio del conflicto y finalizaba su misión en esos días, los recibió y tras negociar el valor estimativo del perro,  pagó por el animal  una suma determinada en dólares.

Esa noche y durante la despedida del australiano realizada en la casa de los austríacos, los policías de Bangladesh debieron reintegrar el doble de esa suma en cervezas, que fueron compartidas por todos nosotros.

En mi caso particular, también sufrí esa experiencia. Junto al oficial logístico de mi región y a un policía de Kenya, fuimos hasta Dili a buscar tres camionetas provistas a nuestro cuartel. Cuando regresábamos,  mi vehículo cerraba la caravana y ya casi oscureciendo, cruzábamos una aldea llamada Vemmasse. Las casas estaban a cambos costados de la ruta y en ella transitaban personas, vacas, búfalos, gallinas y cabras.

Disminuí la velocidad, viendo que una cabra con tres cabritos  corrían paralelo al vehículo y en forma imprevista, uno de ellos cruzó delante de mi auto. Frené bruscamente con todas mis fuerzas, pero no pude evitar el impacto. El ruido de la frenada había atraído la atención de todo el pueblo y sus habitantes vinieron corriendo, creyendo quizás que había pisado a un niño. Bajé del auto y al ver el pequeño animal muerto, preparé un fajo de billetes de baja denominación de rupias, la moneda local, que llevaba para casos de asaltos ó alguna emergencia como esta.

Un joven que blandía un machete en forma amenazadora, me dijo en inglés que tenía que pagar trescientos dólares. Le contesté en “tetum”, el dialecto local,  diciéndole que se calmara, que yo hablaba su idioma. Le pregunté si él era el dueño del animal,  porque yo solamente le pagaría al propietario. En ese momento se acercó una anciana mujer y muy humildemente, me dijo que ella era la dueña de los cabritos y que le diera algo de dinero y me llevara el cabrito muerto para comerlo.

Le dí todas las rupias que tenía, le dije que me perdonara y que se llevara su cabrito muerto. La anciana mujer aceptó el dinero y el cabrito y con su mano derecha me bendijo,  a la vieja usanza de nuestros ancianos católicos. Me despidió respetuosamente, con un notable descontento por parte de los jóvenes a quienes les arruiné el negocio.

Subí al auto rápidamente y con todo el cuidado posible para evitar otro accidente, aceleré para alcanzar a los vehículos de las Naciones Unidas, que me estaban esperando a trescientos metros del lugar.

FUENTE: Capítulo del Libro “Memorias deun Casco Azul (Editorial Dunken)

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